Todo el tiempo perdemos cosas a las que no les damos importancia, o al menos eso creemos. Es curioso cómo lo que más padecemos luego se convierte en objeto de deseo y añoranza. Nos identificamos con «lo perdido» y dejamos de mirar hacia adentro; intentamos reemplazarlo, buscarlo en el afuera. Otras veces, sostenemos situaciones y vínculos simplemente porque no nos atrevemos a perderlos, porque no estamos preparados para asumir el impacto y el vacio que genera.
Podemos perder muchas cosas: la patria, la identidad, un amor, una persona amada, un padre, una madre, o incluso un hijo/a. También se pueden perder amigos/as, una casa, un auto. Todo se puede perder, y cada pérdida tiene su propio peso.
Hace unos días terminé de leer el libro El duelo de Gabriel Rolón, que me dejó resonando algunas cuestiones importantes. Toma como punto de partida La Divina Comedia de Dante y hace un interesante paralelismo: a veces, atravesar un duelo es como pasar por los nueve infiernos. ¿En cuál infierno estás en este momento? Lo que Rolón no nos dice, ni tampoco puede asegurar, es: ¿cuánto tiempo dura un duelo?
No sé si es por la ansiedad que a veces me invade o por esa necesidad de controlar lo incontrolable, pero me gustaría poder medirlo, cuantificarlo. Hacer una receta, una fórmula. Sabemos que están las conocidas etapas del duelo según Elisabeth Kübler-Ross: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Sin embargo, ¿cómo saber cuánto tiempo durará cada una? Si tomáramos como referencia los nueve infiernos de Dante, podríamos decir que vivimos un infierno por semana (o más) cuando estamos en ese estado sombrío. Tal vez, una aproximación serían dos meses y una semana para atravesar los infiernos y luego, tal vez, encontrar un poco de calma. -esto son solo especulaciones-
Freud, por su parte, utilizaba la palabra como símbolo para plasmar sus duelos. La palabra acudía a rescatarlo, dándole un lugar al dolor que sentía por la pérdida de su hija y su nieto.
Así como Freud se refugió en su trabajo y escribió las grandes obras del psicoanálisis, yo le pido a la palabra que me rescate, así transito mi pérdida. Escribiendo en un blog que a nadie le importa, ni tampoco lee.
Mientras atravieso estos infiernos emocionales, lo hago con la esperanza de volver transformada dejando atrás aquello que ya no me pertenece, pero habiendo adquirido algo nuevo en el proceso.
Les comparto dos poemas que me gustan mucho sobre el acto de perder:
Un arte
El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la angustia
de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente.
Después, entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar.
Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.
Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue
la última o la penúltima de mis tres casas amadas.
El arte de perder se domina fácilmente.
Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más:
algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.
Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto
que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente,
así parezca (¡escríbelo!) un desastre.
—Elizabeth Bishop
Ya no será
Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volverá a tocarte.
No te veré morir.
—Idea Vilariño
Por último, Rolón nos dice que «una persona ha concluido su duelo cuando aceptó la pérdida, cedió una parte de sí mismo». Entonces, no queda otra opción más que aceptar. Pero, ¿aceptar qué? El cambio. Algo se transforma, transmute y deja de ser. Tal vez, después de nueve semanas o más, una mañana encontremos placer en cosas nuevas, y lo perdido seguirá estando perdido, pero ya no nos importará recuperarlo.
P.D: J.M lo siento, y si tkm.