Enero; inicios y Buenos Aires

Algo que me fascina de los comienzos es la ilusión. Esa que nos invade y nos envuelve como un abrazo cálido, susurrandonos desde lo más profundo que esta vez todo será diferente. Que esas metas y sueños que tanto anhelamos finalmente se concretarán, porque ahora somos otros. Porque hemos cambiado. Y tal vez, me atrevo a decir, hemos evolucionado hacia una versión más plena de nosotros mismos.

Sin embargo, creo que los inicios tienen un propósito aún mayor: nos permiten descubrir aspectos de la vida y de nuestro ser que jamás hubiéramos imaginado. Son una invitación a caminar por senderos desconocidos, aunque no siempre sepamos adónde nos llevarán. Es como subirse a un auto sin un destino definido; puede parecer complicado llegar a algún lugar sin un rumbo claro, pero a veces, simplemente avanzar ya es suficiente.

Este enero, mientras tantos huyen de la ciudad, decidí quedarme. Quise disfrutar del silencio único de Buenos Aires, de sus calles más tranquilas, ahora habitadas por turistas que huyen del invierno en sus países. Enero en Buenos Aires suele ser sofocante, pero este verano parece ser la excepción. Y me gustan las excepciones, porque me recuerdan que la vida nunca se repite de la misma manera dos veces.

Pensando en ello, recordé lo que Joe Dispenza describe en su libro «Becoming Supernatural»: el concepto de «abrirse a lo incierto«. Nos invita a salir del modo automático y a conectar con el presente, ese único espacio donde el potencial es infinito. Al dejar de preocuparnos por el pasado o el futuro, nuestra energía se concentra en el aquí y el ahora, permitiéndonos acceder a nuevas posibilidades. Dispenza ve lo incierto no como algo temible, sino como un terreno fértil donde pueden surgir experiencias extraordinarias.

Cuando abrazamos lo desconocido, abrimos puertas hacia oportunidades inesperadas, sincronicidades que superan nuestras expectativas. En términos de la física cuántica, adentrarnos en lo incierto nos alinea con el «campo cuántico», una dimensión donde las posibilidades son ilimitadas. 

Durante años, hice listas interminables de objetivos y metas por alcanzar. Y, en cierto modo, funcionaron: algunos de esos sueños, una vez escritos en papel, se cumplieron. Pero también siento que me perdí de muchas cosas por estar tan enfocada en lo que, en ese momento, parecía crucial.

Por eso, este 2025 he decidido no hacer listas, ni elaborar planes exhaustivos sobre cómo debería ser un «buen año». Este año, mi único plan es no tener plan. Me entrego a vivir: sin excusas, sin miedos, sin restricciones.

Aunque el tiempo es una percepción, quiero perderme en los días. Deseo experimentar, saborear, y dejar que la vida me sorprenda. Quiero olvidarme de las agendas, de los calendarios, de esa presión sutil de medirlo todo. Abrirme a lo incierto, como propone Dispenza. Y sé que hacerlo requiere un salto de fe, pero también un cambio profundo en la forma en que miro el mundo y, sobre todo, de  mí misma.

No tengo idea de lo que será de este año, y está bien. Elijo creer, con esa ilusión que acompaña siempre a los comienzos, que será maravilloso.

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