Estoy buscando mi camino de vuelta, y no sé por dónde empezar. Algo tiene que morir para volver a nacer, es la alquimia de la vida. No sé a ustedes, pero volver a la casa de mi infancia me reconforta. Me da seguridad, me siento en casa aunque ya dejé de vivir allí hace muchos años. Aún me sigo refiriendo así; cuando mi madre me llama, le pregunto: “¿Estás en casa?” Porque tal vez no es el espacio físico, sino las personas que habitan en ella a quienes llamo hogar.
Ir hasta allá me da seguridad, como cuando era niña y un abrazo me brindaba protección. Me conecta y me recuerda que hay una pausa en el mundo. Un refugio, donde una parte nuestra es amada y aceptada tal cual es. (tal vez así me siento con mi familia; sé que no todos tienen la misma fortuna de tenerlo). Pero la familia también son los amigos, son esos lugares donde te sentís en casa más allá de un vínculo de sangre. También me siento así con cada una de mis amistades: son pedacitos de hogar.
Esa pausa me conecta con mi chispita adolescente, rebelde, ingenua, la que se subía al tejado a mirar a la gente pasar, a pensar en cómo sería vivir el mundo y si había algo más allá de las fronteras de vivir en Remedios de Escalada. Si el mundo era eso que mis padres me mostraban y decían que era, o si había más. Siempre supe que había más, tal vez por mi innegable voluntad de vivir, de amar con pasión la vida, mis ganas de intentar, de hacerlo mejor, la terquedad de no rendirme. Rendirme ante el mundo, ante su indiferencia, sus injusticias, ante su falta de amor. Aunque hay veces, es cierto, no voy a mentirles, en que el mundo me gana y me rindo. Y cuando me rindo, vuelvo al hogar, a ese espacio físico o no; a esas personas que me dan ese cálido abrazo tan necesario, una copa de vino, unas risas y, por qué no, un poco de párpados húmedos también. Vuelvo a ellos, a esconderme del mundo. Mi lugar preferido para esconderme es en las manos de una sabia ancestra que me ceba mates y me habla de plantitas y de la vida. Me espera con una comida casera y me recuerda que la vida tiene más, que siguen pasando cosas, que a pesar de todo, no hay que rendirse. Y aunque sé que ella no va a estar para siempre (ouch, me duele con solo pensarlo), ahora está, y me agarra la mano con fuerza para que vuelva a esos lugares donde un hogar me espera.
Les dejo un poema de mi autoría, sobre “Volver”:
Volver
Volver, pero no volver
Volver en pedacitos
Volver de kilómetros
-que solo fueron pocos-
Volver a no verte
Volver con una sola condición
Volver para abrazarte
Volver a sentir tu piel
Volver a ser invierno y primavera juntos
Volver porque te fuiste
Volver(te) un refugio
Volver a luchar
Volver para no rendirse
Volver, pero no volver
Volver en forma distinta
Volver con otra geografía,
con otros bordes
Volver con el alba,
y el cuerpo cansado y el alma libre
Volver
En mi sabia ancestra encuentro la fortaleza y la determinación de abrazar la vida. Si ella no se rindió, después de haber perdido a la persona que amaba muy joven, criar sola a su hijo, trabajar y pelear en un mundo de injusticias en su época, ¿cómo voy a rendirme yo? Si mis luchas han sido apenas un tercio de las suyas. Ella está ahí para recordarme, que siempre existen lugares a donde volver.