Hace unas semanas vengo resonando con una frase tan trillada como cierta: “poner el cuerpo”. Es posible que no se dimensione del todo lo que esas tres palabras significan. Y también es posible que, a veces, las palabras no alcancen. Si hay algo en lo que suelo ser buena es en poder objetivar mis sentimientos, verlos con una lupa, entenderlos con precisión. Pero hay momentos en los que la vida nos llama de otra forma, nos exige otra presencia.
Tal vez le escapé mucho tiempo a sentir desde el cuerpo. Temía que si lo hacía, me iba a inundar y no iba a saber qué hacer con todo eso. Es curioso cómo la vida se encarga de ponernos a prueba, de desafiarnos, de volvernos a presentar aquello que evitamos. Hace poco, me tocó poner el cuerpo, y no fue solo sentirlo con la mente. Fue habitarlo. Rendirse. Aceptar que no respondía como yo hubiera querido.
Lo que la mente dice, el cuerpo calla.Esto sucede cuando la mente va más rápido que el cuerpo, y colapsa; nuestro organismo pide calma, pide ir más despacio, pide más dulzura. No lo había entendido hasta ese Lunes, que dejé algo más que un cuerpo dañado. Dejé una versión de mí. Ese día lloré. Lloré por todo lo que mi cuerpo aguantó en silencio. Lloré por haberle restado importancia a sus señales, por no saber escucharlo. Lloré por elegir la lógica destructiva, por no elegirme. Lloré porque ya había un río corriendo dentro mío. Y cuando eso pasa, es que los muros de la represa se rompieron.
Me hice una promesa: tomar decisiones aunque duelan. Porque no siempre alcanza con decir que queremos algo. A veces se requiere más. Se requiere entrega. Presencia. Estar con toda nuestra sustancia. Se necesita un hombro donde apoyarse, una mano que sostenga, un abrazo en el que acurrucarse. Cosas que ningún mensaje de texto pueden reemplazar.
Les comparto un poema que escribí sobre el cuerpo. Un intento de poner en palabras lo que a veces solo se siente en la piel:
Un cuerpo
acostumbrado
a la herida
es un cuerpo
desgastado
como una gota de agua
que, sutilmente, corroe
a una piedra
es un cuerpo
desorientado
en busca
de un cachito de paz
un remanso donde
derrumbarse
y flotar por un rato
un cuerpo
que toma malas decisiones
con tal de encajar
en el mundo
en el deber ser
en el portarretratos familiar
un cuerpo
que habla una
tercera lengua
que cobra vida
cuando las palabras
flaquean
un cuerpo
desocupado
desierto
esperando
ser reclamado
por su propietario
un cuerpo que no es un cuerpo
es solo materia orgánica
usada para compostar
Hoy sé que no va a ser la primera ni la última vez que me toque poner el cuerpo. Pero la próxima será distinta. Porque ya no escapó de él. Ya no lo veo solo como el envase que lleva lo que pienso o siento, sino como el lugar donde todo eso se manifiesta, se expresa, se resiste, se transforma. Mi cuerpo ya no es solo herida: es territorio en reparación.
Me reconozco en él, incluso en sus límites, incluso en sus silencios. Entiendo ahora que cuidarlo no es un acto de debilidad, sino de amor profundo. Que escuchar sus señales a tiempo es una forma de honrar lo vivido y de no repetir lo que duele. Prometo volver a él cada vez que me aleje. Prometo habitarlo con más ternura, aunque duela. Prometo hacer de este cuerpo un refugio y no un campo de batalla.
Porque hay luchas que solo se atraviesan así: con los pies en la tierra, el corazón abierto, y el cuerpo dispuesto. Y es ahí, justo ahí, cuando se empieza a sanar.