UN VERANO EN NUEVA YORK

Es domingo. Son las 07:35 a.m. y estoy en el metro de Nueva York. Hace más frío de lo que imaginé. Debería ser primavera, pero parece un otoño de Buenos Aires. Aunque claro… Nueva York no se enteró.

Bob Dylan se preguntaba: ¿cuántos caminos tenemos que andar antes de convertirnos en personas? No lo sé, Bob. Tal vez ese sea el punto: no tenemos que convertirnos en nada. Ya somos suficientes así.

Me pierdo por las calles, fantaseando con la pregunta inevitable: ¿qué hubiera pasado si aún viviera acá?

Entre tantos pensamientos me distraigo. Voy en la línea E, directo a Manhattan. Tenía que bajarme en la 42nd Street… me pasé. Miro un cartel que dice: Get Closer.

Lo que aprendí de viajar es a no tener miedo. Pienso: no soy la misma que vivió acá. Cuando estoy en movimiento, no puedo pensar.

Todo lo que hacemos en la vida está conectado, como ese famoso efecto mariposa, según el cual un pequeño cambio puede generar grandes consecuencias. Cada acción tiene el poder de torcer nuestro destino.

Cuando era adolescente, soñaba con vivir en Nueva York. No sé si por el consumo cultural de los 90, o porque en ese entonces (y ahora también) amaba —y sigo amando— el arte y a los artistas de las vanguardias.

Tuve la posibilidad de vivir en Nueva York en 2021, después del COVID. No fue la Nueva York que esperaba, pero fue una experiencia increíble. Cumplí un sueño. Y lo malo de los sueños no es que se cumplan, sino alcanzarlos y darte cuenta de aquello por lo que luchaste… tal vez no era tan genial ni tan brillante. O quizás es que cuando soñamos, y finalmente alcanzamos aquello que perseguimos, cambiamos.

En el medio, alguien me preguntó: ¿sigues queriendo lo mismo? Quizás solo nos quedamos con la idea de que seríamos felices al llegar a la meta, y cuando llegamos, tal vez queremos otra cosa.

¿Amaste lo suficiente? ¿Hiciste lo que querías hacer? ¿Cuántas veces hiciste el amor con alguien que realmente significaba algo? ¿Viviste la vida que querías vivir?

Cada momento cuenta. No iba a ser fácil. Iba a valer la pena. A veces dudo de mí misma. Me pregunto si lo que estoy haciendo está bien.

Hay muchos inmigrantes en Nueva York que aún buscan el sueño americano. Sin papeles, aceptando trabajos precarios porque “se gana mejor” que en sus países. Van con la idea de hacer dinero, regresar y vivir su vida, la dolce vita. Me pregunto si realmente vale la pena estar en esa situación de “esperar para vivir”. Esperar a que algo suceda para ser feliz…

Y me pregunto: ¿cuántas veces también nosotros vivimos en pausa, sin darnos cuenta?

Viajar para tomar distancia. Viajar para empezar de nuevo. Viajar para ganar perspectiva. Viajar para resetearse.

¿Por qué seguís acá? ¿Por qué no te vas? —Dijiste: Sigo creyendo que sos maravillosa. Y me dieron ganas de llorar.

A veces creo que quedaron muchas cosas por decir. Y otras veces, que sobran palabras. Que los que sobramos somos nosotros. Que no deberíamos compartir ni el silencio, ni el mismo espacio, ni el aire que respiramos, porque puede ser demasiado peligroso.

¿Qué más querés? ¿Qué te haría feliz?
—Qué buena pregunta, respondí.

Me preguntaste: ¿qué te pasa? No pude decir nada.
Solo me largué a llorar.

A veces, no hay respuestas. Solo caminos. Y tal vez eso sea suficiente. Nueva York quedó atrás, aunque a veces la siento dentro mío. Porque hay ciudades que no se pisan: se habitan para siempre, en cada elección, en cada silencio, en cada nuevo comienzo.

Bob tenía razón: The answer, my friend, is blowin’ in the wind. The answer is blowin’ in the wind.

Deja un comentario