Este año empecé buscando un Gran Quizás, como aquellas últimas palabras que se le atribuyen a François Rabelais. Lo comencé en el campo, rodeada de amigos y amigas, entre risas, abrazos y copas que tintineaban bajo un cielo estrellado. Fue un inicio épico… Me dije: “Este año, el plan es no tener plan”. Una hermosa mentira que intenté creerme. Tal vez lo logré a medias. Me pasé gran parte del año persiguiendo ese “quizás”, convencida de que lo iba a encontrar en algún lugar fuera de mí. Y, sin embargo, mientras lo buscaba, me fui encontrando o perdiendo más.
Los primeros seis meses, la ansiedad me tuvo de rehén. Golpeaba la puerta cada mañana: la ansiedad de terminar la maestría, de ser exitosa, de cambiar de trabajo; de ser la amiga perfecta, la hija ideal; de que me amen tal como soy, como profesional, como alumna, como persona. Me llevó por pasillos oscuros, por crisis intensas, frustraciones agudas, pero también me abrió caminos de aprendizaje. Me acercó a algo tan simple y poderoso como la respiración. Nunca imaginé que respirar —algo que hacemos todos los días sin notarlo— y el mindfulness iban a cambiar mi forma de estar en el mundo.
Creemos que meditar es vaciar la mente de pensamientos. Pero en realidad es no identificarnos con ellos, dejar que pasen sin arrastrarnos, y volver, una y otra vez, al momento presente. Respirar es una forma de autorregulación. De volver a casa.
Tuve un verano movido. Un amor que no funcionó, o tal vez no como yo esperaba. Quizás no era la persona correcta, o quizás yo no lo era, para esa versión de mí que todavía estaba buscando algo. Tuve el privilegio de un segundo verano… y un segundo amor. Eso sí me transformó. Me sentí amada, vista, respetada. Descubrí otra forma de amar.
Corrí mi primera media maratón. Crucé la meta y me sentí invencible. Luego llegaron mis queridos amigos desde Australia: compartimos empanadas, caminatas largas en Buenos Aires y Tim Tams. Y un deseo compartido: reencontrarnos el próximo año en Marbella.
Decidí soltar lo que ya no quería sostener: situaciones, objetos, vínculos. Y me sentí más liviana.
Volví a conectar con el surf. Esta vez no solo en Costa Rica, también en Chapadmalal. Le debía al mar argentino un poco de mí.
No quiero usar la palabra “sanar”. Pero sí puedo decir que trascendí. Que este año evolucioné. Solté partes viejas de mi inconsciente. Me gusta pensar que subí un poquito más en esa espiral misteriosa que llamamos vida.
Cerré la maestría. Y lo celebré con un viaje increíble a Mendoza, entre montañas violetas y vinos que me hicieron brindar por todo lo que fue y todo lo que ya no será.
Si me preguntás cuántas cosas se pueden vivir en un año, mi respuesta es: todas las que quieras vivir. Estoy profundamente agradecida por este 2025. Por los días de crisis, por cada amanecer que me encontró respirando. Porque a veces se nos olvida lo afortunados que somos. Y mientras sigamos respirando, hay posibilidades. -las que elijamos –
No quiero hacerme falsas promesas. No quiero decirme cosas que sé que no voy a poder cumplir. Esta vez sin jurarlo, sin prometerlo. Quizás, solo quizás… ese gran “Quizás” se encuentra cuando dejamos de buscarlo.
Deseo que tu 2025 haya sido tan revelador y del carajo como el mio. Y para este 2026 que asoma, deseo que estés más presente. Que habites más el ahora. A veces la espera no es vacío. La espera es el tiempo necesario para que algo suceda