Eterno verano

En estos días descubrí que, si la gente puede renunciar a un trabajo por amor —como en las películas— o para estudiar un MBA full time, ¿por qué cuando a mí me llega la noticia de que algo va a cambiar en mi vida me cuesta tanto verlo como algo positivo? Incluso cuando se abren caminos. Incluso cuando ese cambio era algo que esperaba y quería. Tal vez se adelantaron los tiempos.

Hay algo de tristeza dentro mío, es posible. Aunque quizás no sea tristeza, sino miedo. Miedo a que lo que esté en camino sea tan sorprendente y brillante que no sepa muy bien qué hacer con eso, al menos al principio. Nos acostumbramos a estar dentro de moldes porque es más fácil permanecer en ellos, porque ahí todo es predecible y no duele tanto soltar.

Hay algo de la magia del verano que, aun cuando me dijeron que mi contrato laboral había terminado y todavía no sepa muy bien cómo salir de este laberinto, me sostiene. Tengo la certeza de que lo voy a lograr. Rendirme no es una opción. En el eterno verano todo se siente posible, como si el aire mismo conspirara a favor.

Verano, para mí, es caminar unas cuadras desoladas —porque todos están durmiendo la siesta— hacia la casa de mi abuela, con el sol cayendo a plomo sobre el asfalto y el barrio en silencio. Íbamos en pandilla, mis hermanos y hermanas, porque cuando se tienen hermanos casi no se necesitan amigos. Éramos nosotros, los cuarenta grados, el sol picando en la piel, la parra de mi abuela dibujando sombras en el patio y la pelopincho esperándonos.

Ahí el mundo se rendía ante nosotros, nuestros sueños y todo lo que esperábamos de la vida a esa corta edad. Merendar Cindor con bizcochos Don Satur era felicidad suficiente. Las tardes parecían no tener fin, delimitadas apenas por los bordes de una pelopincho azul. El verano se congelaba en el tiempo y marzo se veía lejano, casi irreal, como si la rutina y las obligaciones de una niña no fueran a llegar nunca.

Hace unos días, alguien me dijo  que soy una mujer alfa solo por escuchar mi voz. Sí, dijo eso, aunque suene gracioso. Lejos de asustarse, le pareció fascinante. Posiblemente no sea nada, o tal vez sea solo un amor de verano más, de esos que aparecen sin prometer nada. Si algo aprendí del verano pasado es a no esperar demasiado, porque a veces, cuando se espera mucho, la magia se esfuma antes de tiempo.

Si quedara alguna memoria del eterno verano, quiero recordarnos como una mañana de domingo. La luz entrando suave por la ventana, una brisa tibia suspendida en el aire. Yo preparando desayuno para dos, el café recién hecho, el silencio cómodo. Te acercaste por detrás, rodeaste mi cintura con tus manos y apretaste con fuerza. Me besaste el cuello, después los labios, y me dijiste al oído: “Buen día, linda”. No había nada más que decir. La cama estaba tendida, el café sobre la mesa, y el mundo parecía, por un instante, estar en calma.

Muchos amigos y amigas me dijeron que fue mi poder de manifestación lo que me llevó a estas circunstancias. Es posible que sí. O tal vez sabía que el final estaba cerca, lo acepté en silencio y no salí corriendo de mi destino. A veces el coraje no está en resistir, sino en quedarse y mirar de frente lo que se termina.

En el eterno verano pronto viajo. Viajo para apaciguar mi mente, para volver a escucharme, para darle vida a mi alma y permitirle aceptar que una nueva forma está naciendo. Antes tenía miedo. Ahora no. Ahora agradezco. Agradezco incluso la incertidumbre. Tengo infinitas posibilidades y, por primera vez en mucho tiempo, no necesito tener todas las respuestas. Solo necesito confiar. Después de todo, en el eterno verano nada se pierde del todo: lo que se va deja espacio, lo que duele enseña, y lo que empieza —aunque no sepamos cómo— siempre trae consigo la promesa de algo nuevo. Y mientras exista el eterno verano, yo también me permito creer que todo, absolutamente todo, es posible.

Deja un comentario