La asimetría de los deseos

Si hay algo que disfruto profundamente, es leer. Para mí, un libro tiene vida propia. No pertenece a nadie, va moviéndose según las necesidades del momento. A veces llega justo cuando necesitamos leer una palabra precisa, una idea reveladora. Me ha pasado más de una vez: libros que aparecen en mis manos como si me buscaran. Así que, si alguna vez un libro llega a vos y no vuelve a su lugar de origen, no te sientas mal: simplemente encontró un nuevo destino.

Hace poco, me devolvieron un libro que creía perdido. Su sinopsis me volvió a atrapar: cuatro amigos, cuatro deseos. Imaginen estar con su grupo de toda la vida —esos amigos que conocés desde la infancia, con quienes compartiste la escuela, el club o los veranos— fanáticos del fútbol, apasionados por el Mundial. Su país nunca clasifica, así que adoptan otro equipo cada cuatro años y lo alientan como si fuera propio. Uno de ellos propone un juego: escribir tres deseos, algo que les gustaría cumplir antes del próximo Mundial. Tienen cuatro años para concretarlos.

Así arranca esta historia, atravesada por la ilusión. Pero lo interesante de los deseos, como de la vida, es que no son lineales. El tiempo, los sucesos, las decisiones… todo se entrelaza de forma inesperada. Y es ahí donde aparece la asimetría: cada uno se enfrenta a su deseo desde un lugar distinto, cambiante.

Hace poco tuve una sesión de coaching. Intrigada, o quizás buscando una guía frente a tanta incertidumbre, me hicieron una pregunta que no supe responder:  —¿Qué querés para vos?
Mi reacción fue otra pregunta:  —¿Cómo qué quiero para mí?  —Sí, ¿a dónde va tu deseo?

Estamos tan condicionados como sociedad a creer que seguir un deseo es perder el control. Que entregarse al deseo es ceder ante una pasión que puede arruinarnos. ¿Pero y si fuera al revés? ¿Y si estar alineados con nuestro deseo es, justamente, ser coherentes con nosotros mismos?

Sí, da miedo. Porque el deseo no se mide, no se asegura. Y cuando decimos “confiá”, ¿en qué estamos confiando? ¿En nosotros? ¿En Dios? ¿En la vida? ¿En el proceso? ¿O simplemente aceptamos que lo que elegimos quizás no sea tan brillante como parecía?

Me fui de esa sesión con una nueva pregunta:—¿Dónde está mi deseo ahora? Honestamente, no lo sé. ¿Tendría que saberlo? ¿Lo sabré algún día? ¿Ustedes saben qué desean ahora, en este momento? No vale sacar la lista del 31 de diciembre. Hablo de eso que, solo con pensarlo o hacerlo, te da alegría.

¿Alguna vez sabremos realmente lo que deseamos?  ¿O la condición humana es, inevitablemente, inestable y cambiante?

No les voy a contar qué pasó con los amigos y sus deseos. Pero sí les puedo decir que siempre hay algo que nos mueve, una claridad interna que empuja. Y aunque los deseos cambian —y está bien que lo hagan— son la puerta hacia algo más grande. Porque si ya no deseamos, es que algo en nosotros se apagó.

Quizás cuatro años no alcancen. Quizás seguir el deseo también nos confronte. Pero como esos cuatro amigos, hoy elijo seguirlo. A ver a dónde me lleva. Porque a veces, primero tiene que haber caos para que vuelva a haber simetría.

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