Trenes Alemanes

Una electricidad recorre mi cuerpo. Es el verano asomando. Después de la última lluvia de mayo, vuelve el sol a tierras germanas.

Cuando visité Europa por primera vez tenía prisa. Una agenda, una lista de checks, horarios. Un tiempo específico para habitarlo todo: treinta días antes de volver a mi rutina. Si algo se perdía, sentía que lo perdía todo.

Hoy, sentada en una plaza de Múnich, tengo tiempo. Tiempo para habitar distinto, para observar, para ser. Ya no tengo prisa… o quizá sí, pero ya no sé hacia dónde corría antes. Siento que fueron más vueltas en círculos que destinos reales. Es que cuando viajas el tiempo corre de manera distinta, o efectiamente las cosas pierden peso.

Nada se aprende hasta que se vive. Mundos dentro de mundos. Cada ser vivo es, en sí mismo, el universo entero.

Lo que me enseña la cultura alemana es el orden, la estructura. Aquí se sabe qué se hará en una semana, en un mes, en un año. Si alguien dice “nos vemos el domingo”, es el domingo. Cancelar no es casual: es casi una ofensa.

Y también están los trenes alemanes: horribles y fascinantes al mismo tiempo. Una red extensa que conecta todo el territorio.

Con tanta estructura, algo tenía que fallar. Y cuando el sistema se vuelve complejo, el caos aparece en los márgenes. Si hay más de dos o tres combinaciones, empieza el rally: nunca sentí tanta adrenalina en mi vida como corriendo de un andén a otro, subterráneamente, para alcanzar el siguiente tren. Si pierdes la conexión, es muy posible que te quedes varada una hora más hasta el próximo. La locura de correr y la alegría de llegar a tiempo, cumpliendo el horario prometido.

También está el lenguaje. Borja Vilaseca dice que las palabras no existen realmente, que son símbolos que nuestra mente traduce en significado. Y entonces pienso: eso es exactamente lo que ocurre en un tren alemán, volviendo de Frankfurt, sentada junto a un hombre de la India.

El revisor de la DB pasa a pedir los tickets. El hombre sentado junto a mí se inquieta y me pregunta en inglés qué está diciendo. Le explico: está pidiendo los billetes. En ese instante asume que hablo alemán. No lo hago realmente, o no del todo, pero el contexto me lo ha enseñado.

Luego señala la ventana y repite: “forest… forest”. Le respondo que sí, sin entender del todo. Busca en su traductor: Wald.

Y ahí algo se abre. Mi mente salta a Thoreau, a Walden: “Fui a los bosques porque deseaba vivir con plenitud… y no descubrir al morir que no había vivido”.

Recuerdo haber leído ese fragmento por primera vez en la intro de una película de los 90 que ya no recuerdo.

Todo esto solo para decir que, en ese momento, sentí algo extraño: admiración y un poco de celos de ese hombre mirando el paisaje como si todo fuera nuevo. Sacaba fotos, repetía palabras, aprendía. Quería que su paso por esta tierra significara algo.

Tal vez India era muy distinto de Alemania, y este era su comienzo, de nuevo. Y en sus ojos había algo que yo había olvidado: el brillo de empezar de nuevo.

Yo, en cambio, resistiéndome a empezar otra vez, a romperme y soltar viejas estructuras, los fantasmas que todavía cargo.

Tal vez sea momento de adentrarse en el bosque. Aceptar que moverse implica perder. Que no hay cambio sin pérdida. Que la energía también se va de los lugares, y que a veces quedamos habitando restos de lo que fuimos.

Vínculos sin alma. Casas vacías. Versiones nuestras que ya no respiran.

Aprendí mucho más que las combinaciones de los trenes alemanes. Tal vez una parte de mí también se quedó en ese tren, en ese Walden, en ese hombre que me recordó la valentía de adentrarse en el bosque a contemplarse. 

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