Dolce far niente

En Alemania dicen: “No existe mal clima, solo mal equipamiento”. Cuando vine a este país, no quería renunciar a mi vida ni escaparme; simplemente necesitaba una pausa.

Nunca es acerca del lugar o de la cultura. Cuando te sientes bienvenida, es por las personas que te hicieron sentir así. Es difícil elegir un nuevo hogar, pero la vida acompañada siempre, siempre es más linda. Alemania me hizo sentir así por un rato, y si me preguntan si volvería, la respuesta es sí, claro.

Ya nada es tan seguro como hace 20, 30 o 40 años, así que no puedo asegurar nada.

El año pasado, una gitana leyó mi fortuna. Dijo que iba a ir a Roma a encontrar algo que era mío. Habló de abundancia, de luz, de prados verdes y de un futuro brillante. Me hace gracia haber creído en eso. O tal vez no. Tal vez las profecías funcionan así: a medias.

Últimamente me pregunto: ¿para qué? ¿Para qué hice todo lo que hice? ¿Para descubrirme “erróneamente” o para darme cuenta de que las cosas, tal como estaban, ya no funcionaban más?

Las mujeres crecemos pensando que el amor es una meta, como si toda historia tuviera que terminar con alguien eligiéndonos. ¿Por qué hacen del amor una cosa de mujeres? ¿Acaso no estamos todos intentando que alguien nos vea de verdad?

Viajar me dio perspectiva, me dio otro aire o, tal vez, solo me ayudó a entenderme mejor a mí misma: a ver que no soy tan genial como me creo y que nada es tan importante como pensaba.

Nos consumimos rápido. Todo es rápido ahora; los vínculos también. La lógica del individualismo nos volvió descartables. Nadie quiere ceder. Pero amar es ceder constantemente. Es aceptar que el otro no viene a completarnos ni a salvarnos, solo a acompañarnos un rato, si tiene ganas de quedarse.

Todavía imagino enamorarme… Pero a veces quisiera que eso no me importara tanto: mis ganas de encontrar un hogar en alguien, mis ganas de descansar un poco del mundo. Lo intento, lo hablo en terapia, me recuerdo a mí misma que no importa el futuro, que el futuro ya llegó.

¿A dónde se va cuando se quiere recordar lo bello de la vida? A Roma. A caminar sin apuro. A hablar con Dios. A enamorarse otra vez de estar viva. A practicar el arte del dolce far niente: el placer de no hacer nada, el placer de existir sin correr detrás de algo.

Un italiano me dijo que ellos viven el presente; que tal vez no era una lógica muy inteligente, pero que no importaba el mañana. Lo encontré cierto o, al menos, ellos no se preocupan por cosas que aún ni pasaron ni pasarán, y son felices de todas maneras.

Las hojas caen. Es verano. El mundo sigue girando.

Y yo también.

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