Este fin de semana, en la ciudad de Buenos Aires, sucede Open House, un festival de arquitectura y urbanismo que durante dos días abre las puertas de espacios que muchas veces vemos desde afuera, pero que pocas veces tenemos la posibilidad de recorrer o conocer casas particulares y escuchar cómo alguien decidió reorganizar un espacio, abrir una ventana, mover una pared o pensar otra manera de habitarlo.
El sábado 3 y domingo 4 de octubre, más de 200 propuestas invitan a redescubrir la ciudad: edificios icónicos, espacios culturales, viviendas particulares, obras contemporáneas, recorridos urbanos, caminatas y hasta circuitos en bici. La mayoría se pueden visitar sin inscripción previa y todas las actividades son gratuitas.
Hay algo que me interesa mucho de la arquitectura es: cómo habitamos los espacios que nos rodean y cómo esos espacios, incluso sin que nos demos cuenta, también hacen algo con nosotros.
Porque habitar no es solamente ocupar un lugar. Habitamos una casa cuando empezamos a reconocer cómo entra la luz a determinada hora, cuál es la ventana que abrimos cuando hace calor o ese rincón en el que siempre terminamos dejando las cosas. Habitamos un barrio cuando sabemos qué vereda tiene sombra, dónde frena el colectivo o en qué esquina conviene cruzar. Y habitamos una ciudad cuando algunos de sus lugares empiezan a formar parte de nuestra propia memoria.
De alguna manera, mientras nosotros ocupamos los espacios, los espacios también nos van ocupando a nosotros.
Esto me hace acordar a una película muy linda que se llama Columbus, de Kogonada. Transcurre en Columbus, una pequeña ciudad de Indiana atravesada por algunas obras extraordinarias de la arquitectura moderna. Pero la película no trata exactamente de arquitectura. O, al menos, no solamente.
Lo hermoso es ver cómo los personajes encuentran en esos edificios una forma de mirar lo que les está pasando. Cómo un espacio puede acompañar una conversación, un silencio, una espera. Cómo, a veces, son los lugares que nos rodean y que habitamos los que nos ayudan a sobrellevar determinadas situaciones.
Porque quizás los espacios no sean solamente el escenario donde sucede nuestra vida. También condicionan cómo nos movemos, qué vemos, dónde nos detenemos, con quiénes nos cruzamos. Hay lugares que invitan a quedarse y otros que parecen empujarnos a seguir caminando. Hay edificios que intimidan, otros que contienen. Lugares que recordamos por lo que pasó ahí y otros que, sin saber muy bien por qué, simplemente nos hacen sentir bien.
Y pienso mucho en eso: ¿cuántas veces pasamos por una esquina sin reparar realmente en el edificio que tenemos enfrente? ¿Cuántas veces hacemos exactamente el mismo recorrido sin levantar la mirada?
Quizás mirar una ciudad sea también una manera de volver a habitarla.
Cada forma habla de una manera de ocupar el espacio. De una época, sí, y de determinadas corrientes arquitectónicas, pero también de una forma de imaginar cómo vivimos, cómo trabajamos, cómo nos encontramos con otros.
Porque después de todo, las ciudades están hechas para ser habitadas por personas. Pero también, con el tiempo, las ciudades terminan habitando un poco en nosotros.
Les dejo el link de Open House + bonus track: la peli completa.