Es curioso cómo la vida o yo misma me vuelvo a poner frente a situaciones parecidas. Y esa sensación de que no avanzo, de que sigo en el mismo lugar, aunque haya pasado un año y tenga unas cuantas historias más para contar.
El trabajo que empecé hace relativamente poco está en riesgo porque no se sabe si el negocio va a continuar. Con mis amigas estamos planeando irnos a Brasil para Año Nuevo —sí, de nuevo—. Y en el amor, el puesto sigue vacante.
Un pequeño revival de finales de octubre de 2025. Casi que podría usar las mismas fotos.
Estos dos años desde que volví de Australia fueron una locura, me encuentro mirando esta escena conocida y preguntándome: ¿otra vez acá? ¿Con todo lo que pasó?
A veces quisiera que alcanzará con desear mucho algo para que el destino tomará nota. Una le pone ilusión, hace planes, imagina detalles… alguna atención podría tener el universo.
Pero creo que lo que más me incomoda de esta situación es que me obliga a salir un ratito de la fantasía y mirar lo que hay. Lo que esperaba no sucedió, o no sucedió como yo quería, ¿qué voy a hacer entonces? Puedo quedarme un rato triste. Puedo llorar. Puedo incluso reclamarle a Dios —perdón, Dios, sé que no tenés nada que ver en esto—. Pero en algún momento me toca mirar qué parte de esta historia está en mis manos.
Entre esa pregunta y la incertidumbre de estas semanas, apareció otra: ¿qué significa crecer?
¿Vivir sola? ¿Cuidar de una planta, de una mascota, de un hijo o una hija? ¿Tener un trabajo, mantener una rutina, haber estudiado una carrera? ¿Ser responsable con las finanzas? ¿Invertir? ¿Tener algo propio?
Cuando era chica y me imaginaba eso de “ser grande”, aparecían muchas de estas cosas. Una lista invisible que, a medida que fuera completando, me iba a confirmar que sí, que finalmente había llegado a algún lado.
Todavía me descubro haciendo cuentas con esa lista. Mirando lo que falta, como si lo que sí viví tuviera menos valor porque no estaba entre los casilleros.
Y claro que todas esas cosas pueden ser parte de la vida adulta. Pero empiezo a preguntarme si crecer también tendrá que ver con vernos un poquito mejor. Reconocer nuestros límites, nuestros miedos, nuestras contradicciones, y saber quienes nunca vamos a poder ser.
No todo lo que me pasa depende de mí. Lo que hago con eso tiene, al menos, una parte que sí me corresponde.
Quizás parte de crecer sea darse cuenta de que no hemos crecido del todo.
Hay algo extraño, incluso un poco doloroso, en reconocerlo. Yo pensé que a esta altura iba a tener algunas cosas más resueltas. Que ciertas versiones de mí ya estarían viviendo sus vidas imaginadas, con sus llaves, sus certezas y, por supuesto, una casa espléndida.
Aceptar que algunas de esas versiones quizás nunca existan da un poco de pena. Les había tomado cariño. Pero también me hace preguntarme cuánto había elegido de esas vidas. Cuánto deseaba de verdad y cuánto había aprendido a desear porque parecía el camino lógico, el que había que tomar.
Durante mucho tiempo imaginé algunos mundos así: espiando por la cerradura de una puerta y tratando de descubrir cómo entrar. Del otro lado parecía estar todo eso que me faltaba. Tal vez crecer también sea dejar de golpear algunas puertas. Aceptar que algo puede ser hermoso y, aun así, no ser para mí. Que puedo admirar una vida sin tener que convertirla en mi destino.
Y quizás, entonces, no esté exactamente en el mismo lugar que hace un año. La escena se parece, sí. Está Brasil, está la incertidumbre laboral y sigue ese espacio disponible para el amor. A lo mejor crecer se va pareciendo a esto: dejar de vivir de mundos prestados para empezar a encontrar el propio –uno en el que haya lugar para cambiar de idea, para las cosas que no salieron y para las que todavía pueden sorprenderme.-
Y, si todo se acomoda, para recibir el año con mis amigas. En Brasil o en cualquier otra parte.
Al final los trenes alemanes no estaban tan mal, no ? 🙂
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Jjajaja, la buena vida
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